Corre, que nos coge. Estamos en crisis. Sucedió lo peor. ¿Qué será de nosotros, Pepe, o María, o ...?

La crisis. Fea palabra, la crisis. Sin embargo, es una vieja conocida de la humanidad. Tras una crisis siempre viene otra.

Los economistas creían haberla conjurado. Para siempre. Pobres ilusos. Aunque en realidad no lo creían, tan sólo lo querían creer. Ellos y todos los demás, no seamos injustos metiéndonos sólo con los economistas, nos dedicábamos a soñar: 15 años sin crisis y seguimos sumando. La última crisis en 1993 y seguimos contando. Esto no para. ¿Acaso será verdad? ¿Habremos logrado conjurar la crisis?

La respuesta ha sido: no. Tras 15 años sin crisis, la que ha llegado es la más importante desde la del 29. O, incluso, más. Eso discuten entre sí los expertos.

Yo, que no soy economista, tengo sin embargo una larga experiencia en crisis. Crisis internas, me refiero a las mías. Mis propias crisis. La externas nunca me han dejado la impronta indeleble que que las internas han grabado en mi memoria. Pero las mías, esas las recuerdo perfectamente: son la historia de mi vida.

Si, has leído bien: la historia de mi vida. Pero es que además soy de los que creen que también la historia de la humanidad es la historia de sus crisis. Remedando ese titulo horrible, creo que de una serie de televisión, "sin t... no hay paraíso", podríamos decir: sin crisis no hay paraíso. O tragáis con las crisis u os quedáis sin nada. Sin crisis no hay crecimiento: otra forma de decirlo. ¿Recordáis como crecen los niños? Se ponen malos con gripe y fiebre y cuando se levantan de la cama te das cuenta de que han pegado un estirón.

¿Cómo y por qué, pues, tienen las crisis tan mala prensa? Bueno, probablemente no queramos crecer tanto como decimos querer, probablemente no estemos prestos para el paraíso tanto como aparentamos. En realidad, gritamos de horror cada vez que se tambalea ese suelo sobre el cual momentos antes jurábamos estar pasando los peores momentos de nuestras vidas. Virgencita que me quede como estaba, que no se mueva nada, porque si se mueve será para estar peor.

Educación para la crisis

Educación para la crisis: eso es lo que necesitamos, no sólo nuestros hijos. Quizá los niños tengan suficiente con la asignatura Educación para la Ciudadanía, pero nosotros no.

Debemos reflexionar profundamente en todo esto, porque si lo hiciéramos, nos esperarían crisis mucho más profundas, de esas en las que no queda piedra sobre piedra (permitidme este desgarrado estilo de profeta por un par de instantes). Si tras 15 años de ausencia de crisis nos hemos cavado los profundos cimientos sobre los que se asienta la rotunda crisis actual, cuánto mejor hubieran sido unos tambaleos de vez en cuando para corregir ciertos rumbos e impedir otros.

“¿El poder curativo de la crisis, dice usted? ¿Y quien se quiere curar? Virgencita que me quede como estoy.”

Eso es imposible, tendré que responderle. El quedarnos como estamos, de prolongarse en el tiempo, sólo generaría consecuencias letales como el calentamiento global, el terrorismo y las guerras preventivas contra el terrorismo, la guerra por el agua y los movimientos migratorios en masa por la supervivencia. Y esto, dicho de carrerilla y sin reflexionar.

Por eso, dada su ineludibilidad, lo inteligente será educarse para la crisis, es decir comprenderla primero, para amarla después.

Si, ya se lo que estás pensando: ¿como amarla?, ¿esta usted loco?... Una cosa es prepararme para ella y otra bien distinta amarla. Pero no, no estoy proponiéndote comprender la crisis para luchar contra ella, para detenerla, para bloquearla. Estoy proponiéndote comprender la crisis para favorecerla, para aprovecharla, incluso para cabalgarla. Finalmente, siempre se acaba amando lo que se comprende bien, quizá porque comprender sea realmente amar, quizá porque no se puede comprender realmente lo que no se ama.

El caso es que las crisis no serían necesarias si no se diera en el ser humano una combinación tóxica de miedo y apego. Miedo a soltar y apego por retener. Dos caras de la moneda. Lado cara y lado cruz. Y sin soltar no se puede ser. Y sin ser tampoco se puede tener. Al final, por retenerlo todo, me quedé sin nada. El fantasma de la crisis que recorre el mundo.

Un momento de oportunidad

Este es un momento de oportunidad para el mundo. Lo dice Obama, pero no sólo él: hay más de 10.000.000 páginas en inglés de crisis opportunity moment. Y en castellano hay más de 5.000.000 páginas en español de crisis momento de oportunidad.

Y yo, para terminar, quisiera profundizar en este estupendo concepto: un momento de oportunidad para el mundo. El caso es que hay muchos mundos, si, pero el único que realmente importa es el mío, el único mundo del que debo dar cuentas, el único mundo que puedo cambiar, el único mundo del que puedo obtener disfrute. Esa oportunidad de la que habla el presidente americano, Barak Obama, y el resto de los líderes mundiales existe realmente. Existe en mí, es mi oportunidad. Es la oportunidad para cambiar mi mundo.

La crisis mundial es la crisis de mi mundo y ello me proporciona un momento de oportunidad que de mi depende aprovechar. Eso es lo que intento decir.

No es éste un movimiento de repliegue reduccionista. Como dice Mirra Alfasa en la cita que encabeza una de las secciones de esta Web, será una vana quimera intentar un cambio en las condiciones de vida en el planeta sin que un cambio en la consciencia lo preceda. Y, que yo sepa, las consciencias empiezan por serlo al nivel de cada individuo.